MOMENTOS
Terminé de hacer el budín, y le espolvoreé azúcar por arriba. Nunca lo había hecho así, pero no podía quedar mal. Busqué bandejas por la cocina, y debajo de la mesada encontré una de color blanco. Pasé el budín a la bandeja, lo tape con un repasador, y busque un papel.
“Voy a dar una vuelta, son las 20.15” escribí, pensando si estaría bien que me vaya así, dejando una nota, pero cuando fui a verlo para decirle, y preguntarle si quizás quería acompañarme, seguía durmiendo en el sillón con sus brazos sobre el pecho... Entonces dejé la nota en el desayunador, al lado del budín y me fui.
No conocía Comodoro Rivadavia, pero me paso lo de siempre. Eso de familiarizarme con los lugares, con la gente. Salí de la casa, buscando qué hacer. Caminar fue la primera actividad, la segunda fue pensar hacia donde. Recordé que Ana Maria cargaba gas en una Estación de Servicio a unas cuadras de la casa y hasta ahí fui.
-“Un jugo de naranja, un chocolate Block y un Philip de diez, por favor”, recuerdo pedirle a la cajera.
Busqué el diario local, y me senté en unos de esos bancos altos, con un mostrador que da vista a la estación. Leyendo sobre los nuevos convenios sobre el petróleo y la pesca entre Chubut y Santa Cruz, tome mi jugo y comí el chocolate. Debajo de esa noticia, había otra, en la que una mamá felicitaba a su hija por su titulo de Kinesióloga.
La gente entraba y salía de la Estación, y mi lectura era interrumpida ya que mi cabeza subía y bajaba buscándolo. Mientras encendí un cigarrilo, pense que él estaba durmiendo y si se hubiera despertado, como sabría que yo estaba ahí? Exhalé. Mi búsqueda era inútil.
Seguí leyendo, hasta que un tono musical proveniente de mi teléfono celular sonó.
Lo tomé y era un mensaje de texto que decía: “Donde estás caminadora?”. Sonreí. Me di cuenta de que linda era la sensación de tenerlo un poquito lejos y poder extrañarlo, y poder pensar en él. Son esos espacios vitales, que permiten fantasear y acordarse de momentos, de palabras, de miradas... Empezaba a sentirme bien, sabiendo que nos estábamos pensando...
Cerré el diario y escribí “En la estación de Servicio” pero al querer enviarlo, el teléfono me informa de la falta de crédito. Decidi irme al locutorio de enfrente para comprar una tarjeta.
-“No me quedan más” dijo la empleada, mientras me daba indicaciones para llegar al próximo lugar que podría tener.
Caminé por la misma calle por la cual llegue a la Estación. Al detenerme en una esquina, paso una camioneta azul, y el hombre que conducía me miró. Frenó y bajo la ventanilla. Al verlo, volví a sonreír.
Era él, buscando a la caminadora y la encontró.
viernes, octubre 20, 2006
jueves, octubre 19, 2006
Chejov
Consejos para escritores Anton Chejov
Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.
Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.
No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.
Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.
Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.
Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.
Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.
Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.
Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.
Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.
Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.
Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.
Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.
No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.
No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos
Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.
Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.
No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.
Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.
Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.
Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.
Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.
Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.
Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.
Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.
Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.
Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.
Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.
No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.
No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)